Tuesday, August 15, 2006
DIA DE AREQUIPA
Disculpen la nostalgia, pero hoy es Día de Arequipa, la ciudad donde nací. Para recordarla y festejarla transcribo un artículo del gran actor peruano radicado en México Ricardo Blume. Y dice así:
Lo primero que se siente es envidia. Una sana y deportiva envidia si se quiere, pero envidia al fin y al cabo. Del cielo azul, del sol, de la belleza. Pero sobre todo porque en Arequipa aún se puede vivir.
Hacía unos quince años que no iba. La encuentro con mucho mayor movimiento, plena de actividad que habla de auge y de bonanza. Está más grande, pero también más limpia y ordenada. Los lugareños no la encuentran tan limpia. Pero para ojos limeños es una patena. Se quejan de los ambulantes. Un limeño sonríe pensando: "qué exagerados habían sabido ser estos arequipenses". Pero ellos tienen razón y su alcalde también. No hay que aceptar el así será, pues. No hay que contentarse con la media tinta, ni la media mampara.
Quien tiene una ciudad como Arequipa no puede transigir. Si hace falta, levanta barricadas. Es cierto que cada uno habla de la feria según cómo le va en ella. Nosotros fuimos a hacer teatro, nos fue muy bien y estuvimos rodeados siempre de gente cordial. Pero aseguro que no hablo por eso. Digo lo que vi y viví por mi mismo, más allá de cualquier velo de hospitalidad. Ni siquiera el Misti tuvo que ver en esta historia. Por estos días no tiene más nieve que dos o tres hilachas blancas, como rayas trazadas con tiza por mano de escolar inexperto sobre una pizarra de papel kraft. Así que ni eso. Es la ciudad y su gente. Ese toma y daca en que no se sabe bien quién marcó a quien o quién fue primero, si el huevo o la gallina. Arequipa está preciosa. Radiante. Luminosa. Y juro que no probé la chicha milagrera ni hablo por los innumerables camarones engullidos.
Ordenada y limpia, ¿se imagina usted? Pintadita, cuidada, sus señales bien puestas. Iglesias, conventos, casonas, todo amorosamente conservado y tenido. Corroe la envidia.
No fui a hacer turismo. Me pudre hacer turismo en mi propio país y además no se puede. Fui a trabajar. Pero, en fin, tratándose de aquel país hermano, digamos que hice un turismo selectivo. Tres o cuatro cosas bien vistas y disfrutadas sin apuro. Callejear a distintas horas, pasando de la vereda de sombra a la de sol. Metiéndome en los patios y traspatios. Sentándome en las bancas, curioseando. Tengo todavía en los ojos el ocre rojizo y el azul de lavar de los claustros catalinos. El blanco trabajado a sol y sombra de la casa Ricketts y tus patios frescos y brillantes. El mirador de Sachaca, hermosa y larga vista. la casa del fundador, una preciosura.
Pero la joya es la Compañía. Pasear los claustros con cualquier pretexto, haciéndose el despistado. Sentarse en la iglesia para sentir el placer de las proporciones, la elegancia del dorado de los cuadros sobre el sillar, la armoniosa sobriedad de la arquitectura. Pasar a la sacristía y encontrarse de pronto en la capilla de San Ignacio y su cúpula policromada es como sentirse figura de un retablo artesanal y mirarlo por dentro. La exuberancia en su apogeo. Asociación inevitable con sensaciones de Tonanzintia, en México, y Andahuaylillas en el Valle Sagrado de los Incas. Sixtinas populares y nativas. Réplica americana y primitiva. Subir andando la cuesta y entrar por el arco de Cayma. Bajar entre chacras hasta Yanahuara. El mirador, la plaza, las palmeras, los molles y la iglesia. Seguir bajando por la Cuesta del Ángel y la calle Misti y el callejón Toledo hasta la mismísima ribera arbolada del Chili y sus puentes de piedra secular. Toda una peregrinación andariega y pausada. Y la gente en el viejo teatro Fénix por las noches, atenta, silenciosa, abierta y participante. No volaba una mosca o surgía la risa como una catarata. Respeto y cultura. Señorío de siglos. El taxi tan destartalado como en Lima, pero el conductor solícito y amable, dando los buenos días y las gracias. Que le vaya a usted bien, señor. Qué cosas, hombre. Toparme de pronto con la calle Corbacho me reacomodó los ancestros. El tatarabuelo prócer. La bisabuela que quería ser monja. El encuentro con una raigambre un tanto descuidada en mi memoria. Cinco días exactos. Los vuelos en su horario. Los tres primeros pasos en el aeropuerto recordándonos los dos mil trescientos sesenta metros de altitud. El aire seco, el frío franco. No traicionero como en Lima, donde parece que no hace pese a que se va subiendo por las piernas con poco que uno se descuide y se siente. La ciudad vivía ya la ebullición de su semana de festejos. Las tunas y las tracas, los bazos. Lejanas marineras ahuaynadas y yaravíes virilmente quejumbrosos. En la Plaza de Armas, el domingo, los actores de la calle haciéndonos competencia en grandes ruedas. Muchos puneños de faz morena y sonreír más agachado. Y uno allí muriéndose de envidia y contando los días que se pasan volando y ya una mañana de pronto hay que regresar a la neblina, al río revuelto de las calles limeñas. Linda, Arequipa. Mis ojos limeños conservan todavía tus luces y tus cielos.
Habrá que volver y pronto.
Ricardo BLUME
Lo primero que se siente es envidia. Una sana y deportiva envidia si se quiere, pero envidia al fin y al cabo. Del cielo azul, del sol, de la belleza. Pero sobre todo porque en Arequipa aún se puede vivir.
Hacía unos quince años que no iba. La encuentro con mucho mayor movimiento, plena de actividad que habla de auge y de bonanza. Está más grande, pero también más limpia y ordenada. Los lugareños no la encuentran tan limpia. Pero para ojos limeños es una patena. Se quejan de los ambulantes. Un limeño sonríe pensando: "qué exagerados habían sabido ser estos arequipenses". Pero ellos tienen razón y su alcalde también. No hay que aceptar el así será, pues. No hay que contentarse con la media tinta, ni la media mampara.
Quien tiene una ciudad como Arequipa no puede transigir. Si hace falta, levanta barricadas. Es cierto que cada uno habla de la feria según cómo le va en ella. Nosotros fuimos a hacer teatro, nos fue muy bien y estuvimos rodeados siempre de gente cordial. Pero aseguro que no hablo por eso. Digo lo que vi y viví por mi mismo, más allá de cualquier velo de hospitalidad. Ni siquiera el Misti tuvo que ver en esta historia. Por estos días no tiene más nieve que dos o tres hilachas blancas, como rayas trazadas con tiza por mano de escolar inexperto sobre una pizarra de papel kraft. Así que ni eso. Es la ciudad y su gente. Ese toma y daca en que no se sabe bien quién marcó a quien o quién fue primero, si el huevo o la gallina. Arequipa está preciosa. Radiante. Luminosa. Y juro que no probé la chicha milagrera ni hablo por los innumerables camarones engullidos.
Ordenada y limpia, ¿se imagina usted? Pintadita, cuidada, sus señales bien puestas. Iglesias, conventos, casonas, todo amorosamente conservado y tenido. Corroe la envidia.
No fui a hacer turismo. Me pudre hacer turismo en mi propio país y además no se puede. Fui a trabajar. Pero, en fin, tratándose de aquel país hermano, digamos que hice un turismo selectivo. Tres o cuatro cosas bien vistas y disfrutadas sin apuro. Callejear a distintas horas, pasando de la vereda de sombra a la de sol. Metiéndome en los patios y traspatios. Sentándome en las bancas, curioseando. Tengo todavía en los ojos el ocre rojizo y el azul de lavar de los claustros catalinos. El blanco trabajado a sol y sombra de la casa Ricketts y tus patios frescos y brillantes. El mirador de Sachaca, hermosa y larga vista. la casa del fundador, una preciosura.
Pero la joya es la Compañía. Pasear los claustros con cualquier pretexto, haciéndose el despistado. Sentarse en la iglesia para sentir el placer de las proporciones, la elegancia del dorado de los cuadros sobre el sillar, la armoniosa sobriedad de la arquitectura. Pasar a la sacristía y encontrarse de pronto en la capilla de San Ignacio y su cúpula policromada es como sentirse figura de un retablo artesanal y mirarlo por dentro. La exuberancia en su apogeo. Asociación inevitable con sensaciones de Tonanzintia, en México, y Andahuaylillas en el Valle Sagrado de los Incas. Sixtinas populares y nativas. Réplica americana y primitiva. Subir andando la cuesta y entrar por el arco de Cayma. Bajar entre chacras hasta Yanahuara. El mirador, la plaza, las palmeras, los molles y la iglesia. Seguir bajando por la Cuesta del Ángel y la calle Misti y el callejón Toledo hasta la mismísima ribera arbolada del Chili y sus puentes de piedra secular. Toda una peregrinación andariega y pausada. Y la gente en el viejo teatro Fénix por las noches, atenta, silenciosa, abierta y participante. No volaba una mosca o surgía la risa como una catarata. Respeto y cultura. Señorío de siglos. El taxi tan destartalado como en Lima, pero el conductor solícito y amable, dando los buenos días y las gracias. Que le vaya a usted bien, señor. Qué cosas, hombre. Toparme de pronto con la calle Corbacho me reacomodó los ancestros. El tatarabuelo prócer. La bisabuela que quería ser monja. El encuentro con una raigambre un tanto descuidada en mi memoria. Cinco días exactos. Los vuelos en su horario. Los tres primeros pasos en el aeropuerto recordándonos los dos mil trescientos sesenta metros de altitud. El aire seco, el frío franco. No traicionero como en Lima, donde parece que no hace pese a que se va subiendo por las piernas con poco que uno se descuide y se siente. La ciudad vivía ya la ebullición de su semana de festejos. Las tunas y las tracas, los bazos. Lejanas marineras ahuaynadas y yaravíes virilmente quejumbrosos. En la Plaza de Armas, el domingo, los actores de la calle haciéndonos competencia en grandes ruedas. Muchos puneños de faz morena y sonreír más agachado. Y uno allí muriéndose de envidia y contando los días que se pasan volando y ya una mañana de pronto hay que regresar a la neblina, al río revuelto de las calles limeñas. Linda, Arequipa. Mis ojos limeños conservan todavía tus luces y tus cielos.
Habrá que volver y pronto.
Ricardo BLUME
Comments:
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Feliz dia Arequipa... aunque con un dia de retrazo... tengo muy buenos amigos arequipeños y he visitado de pequeña esta hermosa ciudad... que lindos recuerdos. Gracias por el minuto de nostalgia MEC.
Muchas gracias, Antígona, las celebraciones duran toda la semana o sea que tus felicitaciones vienen a pelo y puedes participar emocionalmente en las fiestas.
Un abrazo
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