Thursday, August 16, 2007
TERREMOTO
Ayer fue día de Arequipa, mi ciudad de origen ubicada a los pies del volcán Misti. Es una zona sísmica, eso quiere decir que desde que abrí los ojos los temblores han sido parte de mi vida. Me asusto siempre, claro, y conforme pasan los años me asusto más todavía. Debe ser porque ya tengo nietos y mis hijos viven en otros distritos.
El terremoto de ayer fue una pesadilla, primero porque fue larguiiiiiiiisimo y raro. Vino sin ruido con un movimiento ondulante como si el piso se estuviera deslizando. Esperaba el remezón en cualquier momento, como en los seísmos del pasado, pero no llegaba y la tierra seguía temblando en silencio. Yo estaba escribiendo un artículo en el sótano de mi casa donde tengo la oficina. Me dio tiempo para hacer miles de cosas insólitas: primero esperar que pase el movimiento, luego convencerme que ya pasó, darme cuenta que seguía y que era fuerte, subir las escaleras, sacar una linterna, verificar la llave del gas, buscar una casaca, sacar las llaves de repuesto de la casa porque las mias no estaban a la mano, tomar el celular, cerrar la vitrina para que no se caigan las copas. ¿Será posible hacer tantas cosas aparentemente serena pero guiada por la desesperación y la impotencia? Cuando salí a la calle y me abracé de la reja el movimiento seguía, los vecinos gritaban y yo pensaba que era el fin del mundo, un cataclismo porque el remezón final no llegaba. Cuando el piso dejó de moverse mi corazón seguía a ritmo frenético. Mi esposo llegó a los 20 minutos, hablé con mis hijos luego de media hora y el alma me volvió al cuerpo. Todavía me estoy recuperando, pero las noticias son cada vez más desalentadoras.
El terremoto de ayer fue una pesadilla, primero porque fue larguiiiiiiiisimo y raro. Vino sin ruido con un movimiento ondulante como si el piso se estuviera deslizando. Esperaba el remezón en cualquier momento, como en los seísmos del pasado, pero no llegaba y la tierra seguía temblando en silencio. Yo estaba escribiendo un artículo en el sótano de mi casa donde tengo la oficina. Me dio tiempo para hacer miles de cosas insólitas: primero esperar que pase el movimiento, luego convencerme que ya pasó, darme cuenta que seguía y que era fuerte, subir las escaleras, sacar una linterna, verificar la llave del gas, buscar una casaca, sacar las llaves de repuesto de la casa porque las mias no estaban a la mano, tomar el celular, cerrar la vitrina para que no se caigan las copas. ¿Será posible hacer tantas cosas aparentemente serena pero guiada por la desesperación y la impotencia? Cuando salí a la calle y me abracé de la reja el movimiento seguía, los vecinos gritaban y yo pensaba que era el fin del mundo, un cataclismo porque el remezón final no llegaba. Cuando el piso dejó de moverse mi corazón seguía a ritmo frenético. Mi esposo llegó a los 20 minutos, hablé con mis hijos luego de media hora y el alma me volvió al cuerpo. Todavía me estoy recuperando, pero las noticias son cada vez más desalentadoras.